Jugábamos en el bosque

Por Natalia Carrizosa

Un día en que jugábamos en el bosque con mi hermana, mi primo y las dos hijas del mayordomo descubrimos un desierto. Tenía arena amarilla, dunas y montañas como en las películas.  No lo podíamos creer. jugamos todo el día a botarnos por los rodaderos de arena haciendo ruido de motos. Trajimos agua de la represa en un tarro de milo viejo e hicimos roscones, pandeyucas, croissanes, y galletas de arena que horneamos en un hueco en una montaña, un horno perfecto. El desierto se volvió entonces una ciudad con panadería, taller y floristería. Y seguimos viniendo todas las mañanas hasta que el sol no hacía ninguna sombra y todas la tardes hasta que el sol comenzaba a ponerse, porque esos eran los momentos en que teníamos que volver a casa, a comer, tomar chocolate o aguapanela y asar “masmelos” en la chimenea.

En otra época descubrimos un eucalipto milenario (o eso nos parecía) medio caído en la loma de cascajo que se convirtió en la casa de nosotras, las ardillas, diligentes constructoras de casitas elevadas. También hubo una piedra con pinturas indígenas con la cima muy plana donde nos gustaba cantar y bailar nuestros cantos rituales que bautizamos “la piedra del canto”. En otra época, íbamos a los vallados de los potreros a sacar ranas inclinándonos hacia el agua con una coladera mientras los otros nos sostenían los pies. Después organizábamos olimpiadas batracianas con disciplinas como carrera de salto, acrobacia en palo y natación. Hacia los ocho años nuestro rango de juego se amplió a las fincas vecinas donde llegábamos a jugar en bicicleta. Nuestros primos mayores lo alcanzaron a hacer a caballo.

No teníamos cascos ni luces en las bicicletas y a veces no veíamos el sol ponerse. o lo veíamos pero nos distraíamos al regreso por todas las luciérnagas que intentábamos atrapar. Cada día encontrábamos una mejor técnica para tenerlas en las manos por unos momentos. No recuerdo que mis papás se hubieran molestado nunca de que llegáramos un poco más tarde de lo previsto. A veces pedíamos permiso para salir en la noche, hacíamos fogatas y contábamos historias de lloronas y guacas con los niños de la vereda.

Mi marido tiene recuerdos similares, pues también vivió toda su infancia en el campo, en esta misma casa de piedra al borde de la montaña y completamente escondida por un bosquecillo desde donde escribo. El y sus tres hermanos también pasaban todo el día afuera. Le cuenta a nuestros hijos de la vez en que se perdió en el bosque y fue su perra Noirette quien lo encontró. Tendría apenas tres años. Les muestra el lugar del arroyo donde le gustaba bañarse, la mejor colina para lanzarse en trineo; Los nidos de orugas procesionarias que parasitan los pinos y que ellos de niños bajaban trepándose a los árboles y quemaban; el lugar del bosque donde descubrió una chatarra de carro, que junto a su hermano bautizaron “El Helicóptero” y les servía para jugar a los aventureros accidentados.

Y mis hijos sueñan con vivir todas esas aventuras. A la mayor le ha dado por pedirme cada vez que nos acercamos en carro a la casa que la deje sola en el camino para que pueda llegar sola caminando por el bosque. Pero yo no me siento tranquila dejándola sola. Le propongo en cambio que me acompañe en mi marcha nórdica, o que vayamos todos juntos a hacer un paseo.  Cuando pasamos por El Helicóptero le digo que mejor no se acerque, no vaya a enterrarse un pedazo de metal oxidado. Me pregunta que cuándo podrá ir sola en bicicleta por los campos hasta la parada de bus en el pueblo a 3 kilómetros de la casa. Y yo sinceramente no puedo imaginarme un momento en que vaya a sentirme tranquila ante la idea. El pequeño tiene casi la misma edad que mi marido cuando se perdió, y también aprovecha cada segundo de descuido para tratar de adentrarse en el bosque, con un palo en la mano, como un grande. Por eso siempre estoy ahí,mirándolo y lista para impedirle desaparecer de mi vista.

Que mis hijos decidan ir a cazar sapos bajando de cabeza a fuentes de agua profunda y helada cojiéndose de los pies, o jugar con orugas urticantes, prender fogatas en el bosque y dar vueltas hasta marearse en piedras de varios metros, me parece peligrosísimo. Podría continuar poniéndo miles vínculos de hechos diversos, accidentes, enfermedades y horrores asociados a ese tipo de actividades, que se encuentra uno en Internet.  Y sin embargo los riesgos y aventuras superados son momentos clave de mi historia personal y la de mi marido, que nos han llevado a convertirnos en las personas que somos hoy en día.

Nuestro caso no es aislado. Muchos padres de mi generación tenemos recuerdos entrañables y formadores de juegos en la naturaleza y, sin embargo, no nos sentimos tranquilos de darle la misma libertad a nuestros hijos. Varios estudiosos se han interesado en el fenómeno.

1.Reducción de perímetros de juego

Es claro por ejemplo que los perímetros de juego de los niños se han reducido significativamente en el espacio de una generación. Ya desde 1990 un estudio británico comprobaba que los niños ingleses de ocho años tenían una novena parte del espacio de juego sin supervisión permitido a sus padres. Y que  mientras en los años 70 el 80 por ciento de los niños de esta edad iban solos al colegio, en 1990 sólo el 10 por ciento.

Este mapa muestra la pérdida de espacio a través de  tres generaciones de una familia del Norte de Inglaterra. (fuente: Daly Mail)

El geógrafo y psicólogo medioambiental Roger Hart, también describe este fenómeno maravillosamente en sus estudios de los juegos de los niños en un pequeño pueblo de Vermont, Estados Unidos. en 1970, después de ver un documental sobre primates en libertad, Hart decidió hacer el primer estudio científico de los hábitos de juego de los niños no supervisados siguiendo las mismas técnicas de los primatólogos. Durante dos años persiguió a más de 80 niños del pueblo, hizo decenas de mapas  y filmó escondido una serie de películas sobre dus juegos.

Hart explica que en ese entonces ninguno de los padres se preocupaba por secuestros u otros peligros, al punto en que ni siquiera hablaban de eso, y los niños tenían una enorme libertad. Cuál no sería su sorpresa cuando al regresar al mismo pueblo 30 años después, los mismos niños que aparecían en las películas jugando libremente,  no le dejaban ningún tipo de libertad a sus hijos. A duras penas tenían derecho de jugar en el prado cercado delante de la casa.

Las razones que dan estos padres para impedir que sus hijos hagan lo mismo que ellos de jóvenes, a menudo tienen que ver con el miedo a los extraños. Los secuestradores, los abusadores sexuales, los conductores irresponsables. “Hoy en día no se puede, uno no sabe con quién se van a encontrar” dicen.  Pero Curiosamente, las cifras de accidentes y crímenes del pueblo no han escalado en el espacio de esos treinta años. Sino que, al igual que en la mayoría del mundo, se han reducido.

2. Balanceando miedos

Al buscar lo que dicen otras mamás en Francia en los foros femeninos sobre la edad en que se puede permitir el juego en exterior, me encuentro con las mismas actitudes que el los años 70 hubieran parecido completamente paranoicas. Las pocas mamás que dejan que su hijos bajen al patio de los complejos de  edificios solos, aclaran que no dejan de vigilarlos desde la ventana. Un post sobre los niños de una vecina desconocida que siempre están solos hasta por la noche causa un furor de acusaciones de “madre indigna”. Otra dice que “luego se sorprenden con las noticias de violaciones” e inserta un emoticón pegándose contra un muro. Otro post que recibe muchos votos positivos dice que sus hijas jamás saldrán solas de la casa hasta que no cumplan por lo menos 14 años.

Sus reacciones no difieren mucho de lo que se puede oír en un foro colombiano. Por ejemplo, de una mujer que culpa de irresponsabilidad a los padres y a las directivas del English School de Bogotá por organizar la excursión al Amazonas en 2014 que terminó en la trágica muerte de la niña María Camila Velandia.

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Imagino que los hijos de las madres que opinan así corresponden a las descripciones que hacen tantos estudios: Niños que pasan la mayor parte de su tiempo frente a pantallas o en actividades programadas  y supervisadas; que en secundaria siguen siendo acompañados hasta la puerta del colegio aunque sólo quede a un par de cuadras, que son conducidos en auto a lugares lejos del tráfico para montar bicicleta; y que nunca han tocado (ni tocarán) una rana.

Estos niños, dice Richard Louv, autor del libro Last Child in the wood, sufren de lo que él llama síndrome de déficit de naturaleza, que puede ocasionar obesidad, atención dispersa y depresión. La experiencia de la naturaleza desde temprana edad también es fundamental para crear empatía en los niños y formar ciudadanos preocupados por el medio ambiente. Así mismo, La toma de riesgos e incluso los golpes físicos y psicológicos superados, son vitales para construir una buena autoestima, base de la buena salud mental.

En el estudio de Hart, todos los niños sin excepción  tenían un lugar secreto en la naturaleza que intervenían. Espacios que decoraban con musgo, donde hacían casitas… etc. Y la explicación es que a esa edad esos lugares son muy importantes para construir la identidad personal.

El Desierto, al haber sido descubierto por nosotros solos, lejos del mundo de dictados y categorías de los adultos, era nuestro lugar especial. Recientemente, en unas vacaciones llevé a mi hija a conocerlo. Sobra decir que para ella no fue tan mágico. Para que lo hubiera sido, habría tenido que dejarla jugar sola en el bosque, que lo descubriera por su cuenta y se lo apropiara como bien le pareciera.

Sé que tengo que buscar la forma de dejar que mi hijos exploren la naturaleza por sí mismos. Aún a riesgo de que, como todos los niños, hagan tonterías y tomen riesgos. No sé como voy a superar mis miedos y la presión social de ir en contra-vía de la norma. Es una gran responsabilidad pensar  que si algo llegara a pasar, la otra gente, y sobre todo, uno mismo, terminaría culpándose, porque, “como los dejó salir solitos”.

Tal vez si la razón y los estudios no me convencen, voy a usar el miedo a mi favor. Pues, como asegura Louv, aunque evidentemente existen muchos peligros en la naturaleza y en el mundo, el riesgo de cortar a nuestros hijos de la naturaleza puede ser aún peor.

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