Padres helicóptero

Por Natalia Carrizosa

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No era la primera vez que llegaba unos minutos tarde a la parada del bus del colegio. Ahí estaba mi hija esperándome sentada en la banca de la caseta, pero también había dos mamás de brazos cruzados que movían la cabeza de un lado a otro, como malos estudiantes de teatro que tienen que fingir reprobación.

Yo no estaba preocupada. Es un pueblito francés tranquilo donde todo el mundo se conoce. A dos pasos de la caseta del bus vive la abuela. Pero no quería que nadie se diera cuenta de que no estaba a tiempo en el paradero y mucho menos que se atrevieran a reclamarme.

–Ay, gracias. ¿La estaban acompañando? – les empecé a decir con mi sonrisa avergonzada más hipócrita.

–Sí, es que a nosotras sí nos  da mucho susto que se quede sola. No es por nada pero es chiquita aún–, decía una

–Sobre todo que no sé si supiste de la niña que violaron en x pueblo–, decía la otra.

No soy ajena al miedo. Antes de llegar a Europa nunca había paseado por un parque en la noche y no tomaba taxi en la calle para evitar el “paseo millonario”. El día en que mi hija nació y se la llevaron a otra sala del hospital, me puse paranoica de que se la fueran a robar o a cambiar por otro bebé e hice que mi marido se fuera a vigilar.

Pero soy consciente de lo irracional de la mayoría de estas ansiedades de madre. Por otro lado, me niego a transmitirle a mi hija pánicos morales (y misóginos) como el del violador que te espera a la salida del colegio si andas sola o te pones falda corta. Así que trato de no pararle bolas a las mamás del paradero.

Ellas no son las únicas mamás sobreprotectoras. En algún grado, todos los padres de mi generación lo somos un poco, al punto que se ha acuñado la expresión “padres helicóptero” para referirse al fenómeno. Se trata sobre todo de padres de clase media y alta que hicimos estudios largos y tuvimos pocos hijos (uno o dos máximo), después de los 30. En comparación con la generación anterior(en especial con los hombres de la generación anterior)  dedicamos mucho más tiempo a nuestros hijos  y de algún modo nunca dejamos de sobrevolar encima sus hombros. Estamos más atentos a sus pedidos, tratamos de estimularlos, de proponerles actividades, e intervenimos más rápido y frecuentemente en caso de que encuentren dificultades, o incluso antes de que se equivoquen. Estamos más comprometidos con su educación y cuestionamos los modelos impuestos.

Muchos cuestionan a los profesores y otros educadores profesionales. Ya he oído a dos amigas diferentes que me cuentan como pidieron cita a profesoras para explicarles que los problemas de disciplina de su hijos se debían a que eran precoces (niños genios), y que deberían hacerles saltar una clase. Profesores del mundo entero se quejan de que lidiar con padres cada vez más entrometidos es una de las cosas más difíciles de su trabajo. Tanto en Suiza como en Colombia, donde mi marido ha sido profesor universitario, las directivas temen las demandas con abogado de padres insatisfechos con las notas de sus hijos y los profesores evitan hacer reprobar o denunciar a los alumnos cuando saben que se copiaron o plagiaron.

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La alimentación de los niños también se ha vuelto un tema de intenso monitoreo por parte de los padres de hoy. Empieza desde el nacimiento con una especie de matoneo a favor de la lactancia materna y continua después.

En donde vivo la mayoría de madres que no trabajan, no inscriben a sus hijos a la cafetería del colegio (a pesar de que es excelente y propone platos preparados con productos locales), sino que van a buscarlos a las 11:30 y los regresan a la 1:00 pm para asegurarse de que coman equilibrado. Las que trabajan prefieren encargarle a una nounou (nana) de confianza este trabajo. “Yo soy maniaca con eso” me decía una amiga un día en que me invitó a tomar el café orgánico en el intervalo que tenía entre dejar a los niños por la mañana y recogerlos al medio día. Mientras hablábamos hervía kale, que es como le dicen al repollo crespo desde que se volvió la verdura mágica de moda.

El sobrevuelo constante obedece también a un aumento del desempleo y la competitividad en el mundo laboral que favorece una lucha entre los padres por darle a sus hijos todas las oportunidades de “triunfar” en la vida. Esto puede implicar llevarlos a toda clase de actividades extraescolares y culturales después de clases y los fines de semana. La mamá que me alertó de la violación lleva a sus hijos a clases de portugués, fútbol, tennis y a terapia con el fonoaudiólogo y a museos, bibliotecas y acuarios los fines de semana. En el tennis me la encuentro cuando dejo a mi hija. Y mientras voy a hacer una vuelta ella siempre se queda esperando a la salida de la cancha y la oigo darle indicaciones al entrenador y a su hijo.

Los padres helicóptero, y en esto muchos caemos en la definición, tenemos sobre todo grandes dificultades para dejar a nuestros hijos solos: jugar solos en su cuarto un momento, dormir solos, salir solos, caminar al colegio solos, tomar la clase de tennis solos, hacer las tareas solos, esperar solos en un paradero de bus y en general, descubrir el mundo y resolver dificultades solos, sin nuestra compañía ni interferencia.

A mi siempre me impresiona como las mamás primerizas se quejan de que no pueden ducharse en todo el día. ¡O sea que no dejan al recién nacido solo en la cuna ni siquiera los quince minutos que les tomaría ducharse!

Ciudadanos unidos contra las malas madres

Pero el asunto no es sólo de madres paranoicas por las hormonas de lactancia. Es toda una sociedad que cree que los niños deben estar acompañados y vigilados en todo momento, y que toca estar siempre disponible para ellos. Hagan la prueba de llamar a una amiga con niños. Hay una fuerte probabilidad de que en algún momento los deje de escuchar para responderle a su hija o que les diga “: lo siento, tengo que colgar porque x está haciendo una pataleta”.

Quien escoge otra vía, desde decirle a sus hijos “ahorita no, no ves que estoy hablando” hasta enseñarles a caminar solos al colegio, se exponen a que lo acusen de “mala madre”. Porque además, es sobre todo a las mujeres a las que la sociedad exige tanto para ser consideradas dignas.

Esta visión ha hecho jurisprudencia. En Estados Unidos hay varios casos de madres que enfrentan juicios larguísimos y la posible pérdida de custodia por dejar a sus hijos solos en el carro 10 minutos dentro del parqueadero del supermercado mientras hacían una compra.

Hace poco una madre denunciaba en un correo de lectores que a sus niños los había detenido la policía hasta que vino a buscarlos porque un buen samaritano preocupado denunció que estaban caminando solos por el vecindario a pesar de que ella les habían dado permiso.

La paranoia ha transformado el diseño y las ciudades. Los parques y patios de recreo responden a diferentes normas estandarizadas de seguridad que terminan privilegiando estructuras cerradas, con espuma en el piso, módulos y casitas de plástico de bordes redondos, arena esterilizada, columpios que no se balancean y rodaderos que no ruedan. Y a pesar de esto a los papás les da por botarse con sus hijos entre las piernas para protegerlos de posibles golpes. Esta constatación y el descubrimiento de un parque muy diferente y divertido en Londres, llevó a Hanna Rosin a escribir un excelente reportaje que fue portada de la genial The Atlantic bajo el título “The Overprotected Kid” que traduce, “El niño sobreprotegido”

En los tranquilos suburbios residenciales de muchos países del primer mundo ya no hay ningún niño en bicicleta o jugando fútbol en la calle. En Bogotá, los niños del barrio no se encuentran en el centro comercial como sucedía en mi infancia. Los planes son arreglados por sus padres que se quedan vigilando las citas de juego en las que no dejan de intervenir para enseñarles que “No, Daniel, tienes que compartir el juguete”. En el mundo entero, como ya había contado en otro post, los perímetros de juego libre sin adultos se han reducido drásticamente por no decir acabado. Los niños viven encerrados frente a diferentes pantallas o actividades dirigidas y no tienen contacto con la naturaleza ni con personas de diferentes círculos o clases sociales.
El problema es que aunque uno esté convencido de que darle espacio a los niños es lo mejor, se volvió casi imposible. Para muchos padres no existe una comunidad, un pueblo, un barrio que posibilite una crianza menos sobreprotectora. En el pasado los niños podían estar solos porque había otros niños haciendo lo mismo, otros padres que en lugar de juzgar a las “malas madres” que no estaban encima de sus hijos todo el tiempo y llamar a la policía, los conocían y estaban dispuestos a socorrerlos si tenían algún accidente. Ese tipo de vida comunitaria se ha ido perdiendo con la urbanización, el desarrollo económico y los movimientos de poblaciones, y ha sido reemplazado por una cultura de desconfianza, vigilancia, control y restricción de libertades.

Los niños heliportados son el futuro?

¿Qué pasa cuando los niños de padres helicóptero crecen? El psicoanalista Brooke Donatone escribió en 2013 una nota en Slate que me impresionó mucho sobre todos los problemas psicológicos que encontraban sus pacientes pertenecientes a la generación Y o “Milenials” al llegar a la universidad.

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Hablaba de una joven con depresión porque a pesar de que sus padres habían puesto todos sus esfuerzos en que sobresaliera en sus estudios, no lograba organizarse para estudiar, hacer amigos y lavar la ropa, sus nuevas responsabilidades desde que había dejado el nido.Según Donatone el mayor problema de los hijos de papás helicóptero es su incapacidad para enfrentar conflictos y tomar decisiones sin la ayuda de sus padres. Además, según él, la gratificación instantánea a la que están acostumbrados les impide desarrollar tolerancia a la frustración y por eso, una decepción amorosa o cualquier dificultad puede terminar en depresión e incluso en suicidio.

Esta nota me habló mucho. Técnicamente pertenezco a la cola de la generación X, pero me sentí identificada con esos veinteañeros acostumbrados a que sus padres resolvieran todos sus problemas que siguieron en una adolescencia tardía después de los veinte. A Los niños de colegios privados del norte de Bogotá también nos protegían mucho. A muchos no nos dejaban ir al paradero del bus ni a la tienda de la esquina a comprar las monas del álbum sin estar acompañados y como la empleada hacía todo por nosotros nunca nos obligaban a responsabilizarnos de nuestras pertenencias o de algunas tareas de la casa, como sí sucedía con otros niños.

Y de manera más general me parece que los latinoamericanos somos más apegados a nuestras madres que lo que he visto en Estados Unidos y Europa. Esto es bastante obvio al comparar la edad promedio en la que dejamos el nido familiar, la distancia a la que escogemos vivir de nuestros progenitores y la cantidad de tiempo libre que pasamos con ellos, incluso en la adolescencia y la edad adulta.

Siento que en efecto la sobreprotección en la que fui criada me impidió desarrollar aptitudes que me hubieran evitado muchos sufrimientos y vergüenzas. Si hubiera sido menos consentida, mi mamá no habría sido la persona que me consiguió mi primera roomate a los 25 años cuando llegué a París a hacer una maestría. Y no habría tenido que enterarse por boca de los godos e indignados padres de la mentada roomate que yo había llevado un novio a dormir a la casa y que ella no podía dormir por los ruidos que hacíamos.
Por eso trato de no ser una mamá gallina, o helicóptero y de educar a mi hijos para que cada día sean más independientes de mí.

Sin embargo, también existen ventajas para los niños de padres helicóptero. En This American Life oí hace poco una historia de como sólo gracias a un papá helicóptero de lo más entrometido, un joven de bajos recursos lograba sobresalir en un Community College, donde la tasa de abandono es gigantesca, y acceder a un mejor nivel de vida.

Es cierto que en las clases sociales más bajas no existe tanta sobreprotección y es incluso posible encontrar una vida comunitaria donde aún es posible darle libertad a los niños. Carolina me comparte un reciente artículo del New York Times de una madre afroamericana que se burla de muchas de las ansiedades de las mamás blancas afortunadas. Su punto de vista puede aplicarse en general a las mamás más pobres, que no tienen tiempo para estar encima de los niños todo el tiempo. Probablemente estos niños estarán menos desarmados para enfrentar dificultades de la vida adulta, pero esto no quiere decir que vayan a graduarse, entrar a mejores universidades, ni conseguir mejores trabajos que los niños más ricos y sobreprotegidos.

En parte por ello muchos apuestan que la crianza helicóptero no será una tendencia pasajera, sino que se terminará imponiendo como norma. The Wall Sreet Journal informaba en 2013 que los últimos jóvenes en llegar al mercado laboral eran muy cercanos a sus padres, al punto que llamaban a las oficinas de recursos humanos para negociar o informase del proceso de selección de sus hijos. Y, ante el hecho cada vez más frecuente de ver a padres acompañando a sus hijos a las entrevistas de trabajo, algunas compañías habían empezado a aceptar este apego como algo positivo, por lo que invitaban a los padres a eventos para atraer nuevos talentos. Se podría pensar que el mundo está cambiando y con él la escala de valores. La originalidad, la autonomía, la paciencia se podrían convertir en valores anticuados, valores de una época en que a los niños no se los protegía como se debe.

Pero por otro lado desde entonces las reacciones contra esta tendencia también han aumentado. Yo misma me estoy convirtiendo en reaccionaria, si es que esta sobreprotección es la gran revolución cultural que me tocó vivir. Y con Carolina hemos sido testigos de lo que podrían ser las contraculturas de la nueva era, o, más probablemente, nuevas modas y tendencias que compiten y quizás desplazarán a los papás helicóptero.

En próximos posts hablaremos sobre otros países donde no existe ese miedo de dejar a los niños solos desde el nacimiento, de ciudades donde niños de seis años toman el metro para ir al colegio y comunidades con dinámicas alternativas a la vigilancia. Cuestionaremos los miedos y ansiedades más comunes de los padres de hoy, hablaremos de propuestas interesantes para liberar a los niños, parques de aventura, kínderes en el bosque, planteles educativos alternativos, y consejos para aterrizar al padre helicóptero que todos llevamos dentro.

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Un comentario en “Padres helicóptero

  1. Interesante artículo. Te recomiendo leer sobre la filosofía/psicología de Emmi Pickler, que alienta a dejar que los niños descubran el mundo solos. Hay espacios como colegios/talleres/guarderías con esta filosofía y a mi me encanta. Seguramente podrás encontrarlos en donde vives

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