La felicidad es un smoothie

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Por Natalia Carrizosa
Estoy comprando unos “smoothies” tropicales con los niños en la nueva tienda del pueblo y se dispara la alarma que me indica que esto es algo de lo que podría escribir.

Podría escribir sobre la ironía de estar aquí sentados al pie de la iglesia de un pueblo medieval francés y que yo aprecie tanto este jugo de mango con limón (“limón verde”, dicen en Europa) echo con pulpa congelada en una licuadora. Es el mismo pequeño placer con el que crecí en Colombia y que pasaba desapercibido por banal. Y aquí es la gloria.

Y la historia podría terminar ahí. Un buen post en facebook con unos 10 likes de compatriotas inmigrantes nostálgicos de la infancia.

O podría hacer una crítica de esta moda de los mal llamados “smoothies”. De la ironía que es sentirse Newyorkino por ir a un Starbox en Bogotá, hacer fila y pagar tanta plata para obtener los mismos jugos de siempre solo que con nombre gringo y empacados en materiales que contaminan.

Podria acoger la contradiccion en mi escrito y hacer una reflexión sobre la felicidad. Las contradicciones de la felicidad. Como pagamos por el pequeño placer de viajar a otro tiempo (la infancia) o a otro lugar (Nueva York, Colombia). Y no vivimos con plena conciencia la felicidad sosegada de estar aqui y  ahora en la contemplación del contenido de este vaso desechable. ¿Pero la felicidad es presente puro? ¿o si es tan dulce y ácida es porque también está hecha de nostalgia tropical y sueño americano?
Y la verdad es que si soy sincera, aquí y ahora mi mente está perdida pensando en lo que podría escribir. Que también es irónico y también podría decirlo en mi escrito. Y la historia podría terminar ahí.

Me concentro entonces de nuevo en el momento. En este smoothie o jugo que tengo en la mano. “Tamarindo” dice el vaso. Es el nombre de la empresa que expende al tendero. Es española, dice él  respondiendo a una pregunta que no recuerdo haber formulado. -Eureka-, diré que pensé en mi escrito. Porque en realidad nadie piensa “Eureka” en la vida real. -Eureka- pienso, -esa es la historia que debería contar. -Y me la imagino.

Me imagino la historia de un inmigrante colombiano indocumentado y jodido que llega a la “Madre Patria” a lavar platos en cualquier atracadero de turistas de Las Ramblas. Y allí, mientras pagaba 300 euros por un catre en un piso compartido, tuvo la idea de partir frutica, congelarla, ponerla en bolsas y vendérselas a los tenderos junto a un vaso mezclador de cocteles que marca la medida exacta de agua que hay que agregar. Con un par de cifras  esparcidas por ahí es una historia que podría venderle a una revista de negocios en Colombia. Las historias de compatriota que “triufan en el exterior” se venden bien.

Sólo que aquí y ahora no tengo 3G ni WI FI en el celular y no logro buscar si en efecto “Tamarindo” es una empresa con un colombiano detrás. Aunque me digo que tiene que serlo porque le puso “tamarindo” a su empresa y a colombiano que se respete le tiene que encantar el jugo de tamarindo. Si en efecto es colombiano sería genial para mi historia. Me veo entrevistándolo para saber recuerdos de su infancia. Y él me contaría de los jugos que hacía su abuela Matilde, quien lo crió, en una licuadora Oster de tapa cuadrada. De los domingos en que su padrino lo llevaba a la plaza de algún pueblo de tierra caliente a comer raspado de mango, piña, mora, tamarindo.

Y buscaría un dato de su dura vida que me permitiera introducir esta idea que me sigue rondando sobre las contradicciones de la felicidad. Como tuvo que llegar el día en que los paras o la guerrilla lo sacaron de su casa y como terminó inmigrando a España a donde una tía lejana y ya anciana que no pudo alojarlo mucho tiempo. Y solo entonces, tan lejos y solo, y al borde de la desesperanza, el recuerdo de un placer tan sencillo y banal como el sabor de las frutas de su tierra lo llevó a volverse millonario.  Y la historia podría terminar ahí. Con la ironîa de que tantos colombianos dan por sentado el juguito de cada día y no se dan cuenta del tesoro que tienen en sus manos.

Solo que no dejaría de ser irónico que yo me hubiera inventado la historia antes de hacer la reportería. ¿Qué tan objetiva podría ser? ¿Terminaría por enmascarar o cambiar los hechos “al servicio de la historia” como me parece que hacen tantos periodistas?
¿Qué tan buena podría ser una historia que se ajustaría con tal perfección a los prejuicios y clichés que tenía antes de ir a buscarla?

Y la historia podría terminar ahí. Con la duda.  Con el no saber. La felicidad es aceptar no saber.

Ya he terminado el smoothie, el niño está empezando a hacer travesuras y es hora de partir. La felicidad podría ser escribir historias en la mente mientras tomamos un smoothie con nuestros hijos un verano soleado. Y la historia podría terminar ahí. Solo que un momento así no termina nunca.

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