¿Debemos enseñarle a nuestros hijos a dar limosna?

Por Natalia Carrizosa

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Luis XVI distribuyendo limosna (antes de que le distribuyeran guillotina a él y su familia)

Después de más de 30 años de vida, la semana pasada decidí dar una limosna. De niña mis papás me explicaron que era mejor no hacerlo. Que los que pedían se gastaban la plata en cosas que eran malas para ellos, que entonces habría cada vez más gente pidiendo limosna, o que todo era un negocio montado por bandas que se repartían cada semáforo y andén y contrataban a mujeres y niños para enriquecerse.

Luego aprendí en clase de religión que era mejor enseñar a pescar que dar el pescado, que es una enseñanza moral muy sensata.
Pero durante toda mi adolescencia y vida de joven adulta tampoco nunca le enseñé a nadie a pescar. Solo miraba para el suelo, me hacía la que no oía o decía “No, no tengo” y me sentía avergonzada de mentir.

Aún así al estudiar filosofía y ciencia política y terminé de convencerme de lo cuestionable que es dar limosna.
Aprendí que Nietzsche, en boca de Zarathustra decía que “no soy tan pobre como para dar limosna”, o que si la gente diera limosna solo por piedad, entonces todos los mendigos se habrían muerto de hambre. En efecto me parecía que la gente daba limosna para comprar su buena consciencia y sentirse superior, y concluí que lo más moral era seguir diciendo “No” y sentirme mala persona, porque lo era.

También me convencí de que los impuestos son una mucho mejor forma de redistribuir la riqueza y de ayudar a los más necesitados que las donaciones caritativas. Empecé incluso a odiar cierta actitud que me parecía condescendiente y  arrogante en las personas que sí daban limosna.

Pero he vuelto a Colombia con mis hijos. Y al enfrentarme al dilema como madre, algo cambió.

Muy pronto después de llegar, un hombre parado a la salida del parqueaero donde habíamos estacionado paró el tránsito para que pudiera salir y me estiró la mano. Sonreí hipócritamente, dije “no” con la cabeza y ni siquiera le abrí la ventana pues tenía miedo de que tratara de robarme.

“Mamá, creo que el señor que te ayudó a pasar te está pidiendo algo. Por qué no le abres?”, Me dijo mi hija.
No sé cómo describir la vergüenza que sentí. Me vinieron a la mente las explicaciones que les oía a mis padres de niña y las justificaciones filosóficas y políticas que me habían convencido durante tanto tiempo. Pero me sonaron tan poco creíbles que no quise repetírselas.

No es que hubiera dejado de creer que hay un dilema moral muy complejo en el acto de dar o no dar limosna, pero reconocí que mis justificaciones racionales para no hacerlo no eran lo que en verdad me hacía actuar así. Y fue en ese momento en que empecé a pensar que quizás tendría que replantearme el asunto.

Entonces empecé por proponerle una botella de jugo a una mujer que pedía limosna a la salida de una panadería y fue muy raro. Tenía miedo de que se fuera a ofender con mi gesto. No me parecía impensable ni inmerecido que me escupiera en la cara y que me dijera “¿Usted quien se cree? No, pues… Tan heroica con un puto jugo… ¿Es tan huevona que cree que con eso me va a mejorar la vida?”
Hasta que la mujer no me sonrió sorprendida y agradecida, sentí como si alguien me estuviera exprimiendo las tripas.

Me he dado cuenta de que la verdadera razón por la que continué tantos años sin dar una limosna es porque no aprendí a mirar, a reconocer e interactuar con los pobres de la calle. Porque me es muy incómodo levantar la mirada del piso, oír lo que están pidiendo, entender la injusticia de toda la situación. También me da miedo salirme de la respuesta condicionada. No estoy acostumbrada. Me imagino que me van a robar toda la plata si abro la cartera, o como en el caso del jugo, a reaccionar mal. Es entrar en lo desconocido. Y me duele reconocerme como parte de los afortunados. Me duele saber que es tan, pero tan inútil ese gesto para solucionar un problema que no puedo solucionar.

Pero lo que si puedo es oír al otro y puedo darle cualquier cosa, pues es lo único que me está pidiendo. Y ahora pienso que es mejor que mis hijos me vean haciendo eso y no mirando al piso.

No creo que se deba enseñar a los niños a dar limosna, pero no se les debe enseñar a ignorar al otro. No se les debe enseñar a ignorar a un grupo sólo porque es muy pobre. En el acto de dar una limosna se les puede en cambio enseñar a reconocer al otro. Se mira, se sonríe, se saluda, se acepta el agradecimiento diciendo “de nada”. En suma, se trata al que pide limosna con respeto, tal como les enseñamos que deben tratar a los adultos y a las demás personas. En el acto de dar limosna se les enseña que máximas morales como que no hay que hacerle a los otros lo que no queremos que nos hagan, no tienen como excepción a las personas de una clase social más baja.

No creo que siempre se deba dar limosna, pero creo que si hubiera empezado por obligarme a ver una y otra vez al pobre de carne y hueso que pedía limosna y reconocerlo como una persona, en lugar de ignorarlo, entonces tal vez me habría involucrado más pronto o más directamente en alguna forma útil de ayudar a los menos afortunados. Es más fácil ayudar a la gente que estimamos digna de oír y mirar a los ojos, y esto se lo quiero enseñar a mis hijos con mi ejemplo.

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