Los padres más felices e imbéciles del mundo

Por Natalia Carrizosa

Antes de regresar a Colombia escribí un post provocador sobre los reparos que le encuentro al método de crianza que incluye una empleada del servicio o niñera, sobre todo una empleada interna. Ha sido el post más leído de la historia de Má-Má-2, lo más parecido a un buzz viral.

Mi opinión con respecto a los abusos que se cometen con las empleadas y la discriminación social y de género que creo que la práctica ayuda a reproducir no ha cambiado. Esto a pesar de que, como imaginé que tal vez sucedería, después de seis meses de hacerlo todo solos con mi marido, terminamos contratando una empleada que nos ayuda dos días a la semana.

Pero debo confesar que al escribir el post pensaba que el problema de falta de normas y estructuras públicas y privadas para favorecer el equilibrio entre el trabajo y la vida de familia de las madres y padres profesionales, era menos grave de lo que he encontrado.

Decía por ejemplo « los padres que tenemos opciones », pensando que para las personas con recursos económicos la empleada era una opción entre otras que me parecían mucho más atractivas y morales. No imaginaba, por ejemplo, que la jornada de colegio de mis hijos empezaría a las 7:30 y que acabaría en promedio a la 1:00 PM, mientras que en las oficinas se exije (no por ley sino por norma social) que los profesionales se queden hasta las 5,6, 7 u 8 de la noche. Tampoco calculaba que las pésimas políticas de urbanización y movilidad de varias administraciones locales le han ido robando a padres y niños en trancones otras varias horas diarias de tiempo para estar juntos.

No me cabe en la cabeza cómo nos hemos acostumbrado a que los niños- incluso los de las clases más favorecidas y con un supuesto buen nivel de vida- salgan de la casa antes de la seis de la mañana, todavía medio dormidos y sin haber podido desayunar. También me deja pasmada que a tantos padres les parezca normal que si quieren ver despiertos a sus hijos después del trabajo, tengan que dejar que se acuesten mucho más tarde de lo que se recomienda para su salud, desarrollo y bienestar.

Los colombianos somos conformistas. Criticar, protestar, exigirle al colegio, la empresa, el alcalde electo que cambien sus políticas no es algo valorado. Somos los más felices de la tierra según no sé cuantas encuestas imbéciles, y a nadie se le ha ocurrido que con las cosas como están ni siquiera los más ricos logran darle el tiempo, la alimentación ni el sueño ideales a sus hijos.

Quizás tanta felicidad se deba a una tara fruto de habernos golpeado mucho la cabeza contra la ventana del bus del colegio cuando niños.

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