Cómo la maternidad me convirtió en una ejecutiva mediocre

Por Natalia Carrizosa

Inicialmente publicado en Alomujeres el Jueves 25 de agosto de 2011*

A las periodistas nos gusta escribir artículos o presentar notas sobre como la maternidad ayuda a formar ejecutivas responsables y comprometidas, que saben priorizar, organizar su tiempo, trabajar en varias tareas al mismo tiempo y controlar el estrés. Somos buenas para encontrar estudios de universidades suecas que prueban que los jefes y los departamentos de recursos humanos de las compañías más vanguardistas ven con buenos ojos a las madres.

Y funciona, pues las periodistas mujeres y con hijos somos las que escribimos sobre estilos de vida, salud, hogar, belleza, maternidad y sexo, en medios o secciones pensadas para mujeres, mientras que los periodistas hombres y unas pocas solteras escriben de política, conflicto armado y asuntos judiciales, en los medios o secciones “serios”.

Como en muchas profesiones, el mundo del periodismo colombiano es machista. En los consejos de redacción un periodista con mucho olfato dice por ejemplo que la presunta víctima de una violación no puede serlo, pues llevaba unos jeans apretados y el violador no pudo habérselos quitado sin que ella ayudara. Y todos corean divertidos que obvio, que violación con jeans no vale.

Las periodistas más “berracas”, las que tumban a generales, suelen tratar a sus fuentes de “papito”o “corazón” y aceptan invitaciones de gordos corruptos a tomar unos “drinks” después del trabajo para tener primicias. A veces, cuando se esfuerzan mucho por hacer bien su trabajo reciben sufragios con amenazas de muerte de paras que son como trofeos a su dedicación.Otras se someten a operaciones quirúrgicas para seguir vigentes, aceptan desnudarse, o hacerse pasar por prepagos o mucamas para escribir crónicas de inmersión. En general no son condiciones de trabajo que se mezclen bien con la maternidad. Con frecuencia las pocas periodistas veteranas que se disputan los puestos directivos con una mayoría aplastante de hombres no están casadas ni tienen hijos y trabajan más duro que cualquiera de sus contrapartes masculinas. Pero con esas jefes, catalogadas, a veces con justicia, de “intensas” e “histéricas” nadie quiere trabajar. No hay muchos modelos femeninos inspiradores en el mundo del periodismo colombiano.

Pero sobre todo, el periodismo es una de esas profesiones con horarios mal adaptados a la vida de familia. Los cierres son hasta la madrugada y ni las tragedias ni los jefes respetan los días festivos, entregas de notas, o la llegada del bus del colegio. Una mujer que quiera triunfar en este mundo tiene que aceptar que su prioridad es la carrera, aún a riesgo de propia vida, y que si decide tener hijos debe poder contar con otras personas para su crianza.

Por la misma época en que decidí casarme renuncié a mi trabajo de periodista y empecé a hacer un par de consultorías y a escribir por encargo. Mi “carrera” dejó de seguir una progresión lógica y comencé a aceptar toda clase de proyectos cortos mal pagados y sin conexión alguna. Cuando estaba por dar a luz tenía a mi cargo la edición de la revista de una compañía, pero el bebé se adelantó y no pude cerrar la edición con los cambios que la dirección deseaba.

Trabajaba con un contrato de prestación de servicios así que no tenía derecho a una licencia de maternidad paga. A los cuatro días de haberme sometido a una cesárea y con mi recién nacida aún en la clínica por una complicación menor, tuve que subir cinco pisos por escalera (Se trataba de una pequeña compañía situada en un edificio sin ascensor). Al llegar estaba con mareo y ganas de llorar y quería dejarle claro a mi jefa que era un poco abusivo que me citara de urgencia en ese momento, pues acababa de tener un bebé. Ella me dijo que entendía perfectamente, y que por eso había contratado a otro editor para la siguiente edición. También dijo que había sido un placer trabajar conmigo, y esperaba que siguiera escribiendo para la revista, aunque claro, por eso no podía pagarme.

En mi caso no fue ningún drama. El sustento de mi familia no dependía de conseguir un trabajo inmediatamente y gracias a que estaba desempleada pude disfrutar mucho de mi hija. Pude amamantarla durante todo un año y más tarde, al emigrar a Francia, pude darle compotas caseras hechas con verduras cultivadas en mi jardín. Aprendí muchas cosas, aunque no directamente aplicables al entorno laboral. Desde entonces ningún compromiso de trabajo es incondicional para mí y a menudo tengo que enfrentarme a los colegas y jefes que me reclaman asolapados: “¿Ya te vas?”.

Mi carrera se descarriló y sigo sin encontrar algo estable. Cuando comparo mi currículum con el de mis colegas de los inicios el mío parece ir en sentido opuesto. Ahora escribo en blogs gratis si tengo tiempo y voy a volver a estudiar para encaminarme a otro sector, mientras que ellos dirigen equipos de varias personas.

Quisiera poder hacer algo diferente de quejarme para que el mundo laboral fuera menos machista. Para que a ningún jefe se le ocurriera que es estimulante decir cosas como: “a mi no me interesa la gente que está mirando el reloj para irse a la casa” y para que al decidirse a contratar a una mujer casada con hijos o aún fértil los departamentos de recursos humanos fueran tan progresistas como dicen los estudios suecos.

Me gustaría contribuir a que la maternidad fuera considerada algo serio en los medios, en lugar de un relleno lleno de mentiras que sólo sirve para vender cremas anti-celulitis y cirujías estéticas. Pero la verdad es que sólo tengo una hora para escribir este post. Mi jefe está en una reunión y ya terminé el informe que me pidió, pero a las cinco tengo que salir a recoger a mi hija. Ay Dios, faltan cinco minutos.

*Este es uno de mis antigüos posts  de un blog de maternidad de Alómujeres llamado “De todos los vicios”. Lo tuve por el breve momento en que la versión web de esta revista no estuvo dedicada a escribir los artículos mas misóginos de la prensa colombiana. Me han anunciado que van a borrar todos mis posts, así que he decidido pasar mis preferidos aquí.

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