Nuestros parásitos*

Ha sido más  difícil deshacerme de mis prejuicios de clase que de los piojos y liendres de mi hija

 

 

De nuevo mi hija está infectada de piojos (y yo también, obvio). En esta oportunidad  no le hice el mismo tratamiento insecticida pues la última vez su olor casi me hizo desmayar  y  no dio resultados inmediatos. Compré en cambio una peinilla eléctrica y un tratamiento a base de aceite de coco. Todas las noches desde hace varios días la despiojo con la peinilla amorosamente, pero sigo encontrando liendres muertos o ya eclosionados y ella aún se rasca. El problema es que  empezaron las clases y de acuerdo a una circular de admonestación generalizada tengo que mandar una nota avisándole al colegio. Pero no lo hago.

Pienso que las profesoras van a advertirle a los otros niños que no se acerquen a mi hija y estos van a inventarse canciones de burla sobre mi pobre “piojetas”. Es lo que hubiéramos hecho en el patio de recreo de mi colegio privado en Bogotá contra el hijo de la aseadora del colegio. Un hijo de aseadora que, irónicamente, siempre andaba muy sucio.

Después de leer mil páginas y foros de Internet sobre el tema, sé que los piojos son muy contagiosos  independientemente de la higiene personal o la clase social. Mi mamá no se lo cree. –Qué horror… Pero ustedes de chiquitas NUNCA tuvieron piojos – , me dijo por teléfono cuando le conté.

Tal vez nunca tuvimos piojos, pero mi hermana y yo vivíamos en el campo  con varios perros y estábamos SIEMPRE llenas de  pulgas, a las que para colmo, éramos alérgicas. Se nos hacían unas ronchas enormes que se infectaban. En Bogotá, nuestros compañeros del colegio nos preguntaban aterrados qué nos había pasado. Al principio, ingenuas, decíamos la verdad. Pero pronto entendimos que las pulgas, al igual que los piojos eran “de quinta”. Después de la primera vez que mi amiga D, la que terminó casándose con un noble, me dijo: “¿Pulgas? Qué asco. No te me acerques.”, empecé a hablar de zancudos. Por alguna razón qué aún hoy escapa a mi comprensión, los zancudos gozan de mayor aceptación social que las pulgas.

Mis primos mayores sí tuvieron una infección de piojos. La empleada de la finca dijo que tocaba lavarles el pelo con petróleo, que era lo que entonces se usaba. Y funcionó.  La versión que los grandes nos contaron de cómo las plebellas bestias invadieron sus pulcras y rubias cabezas, era la siguiente: Mis primos se habían metido por una ventana rota a la vieja quesera abandonada y se habían puesto a jugar con un sombrero y una ruana vieja que algún ordeñador había dejado abandonados desde los años en que funcionaba allí el ordeño y la fábrica de quesos.

Ahora me doy cuenta de que esta explicación es falsa pues se contradice con el cortísimo ciclo de vida que tienen los piojos por fuera de un huésped humano. Pero la historia tenía otras virtudes que la hicieron perdurar en la mitología familiar:  Por un lado, exoneraba de toda culpa a mi  tía, y por otro,  tenía una bonita moraleja. Debía servir para alejarnos y asquearnos de la chusma o lo que tocaba la chusma.

Esto puede explicar la sensación de asco que en mi adolescencia me producía una propaganda  para vasos desechables que hacía un close-up sobre una boca de dientes amarillos mientras una voz en off decía algo como: “¿Usaría usted acaso el vaso del “maestro Albarracín? Mejor tome en desechable” Y que conminaba a los consumidores a arrugar hasta romper el vaso desechable después de una utilización. La campaña fue un éxito y  por un tiempo en mi círculo de amigos siempre rompíamos los vasos desechables para impedir,  -oh asquerosidad de las asquerosidades- que a algún cochino e ignorante se le ocurriera lavar un vaso desechable y volverlo a utilizar. Ahora que tantos de mis amigos son ecologistas no sé si reparan en la polución tan asquerosa que esa campaña  estaba promocionando.

Igual es difícil para alguien con este tipo de educación clasisto-profiláctica tan sólida enfrentar algo tan animal (tan humano) como una infección de piojos. Cuando en bachillerato íbamos con el colegio a la escuela de una vereda de la Calera o a las ladrilleras de los Chircales a cumplir con nuestras horas de “vigías de la salud” nos sentíamos tan superiores… Éramos unos niños del Norte de Bogotá criados por empleadas del servicio y veníamos a dictarle cátedra a las madres pobres sobre como criar a sus hijos. La higiene era el tema insignia. Para evitar una infección de diarrea, les decíamos, debían lavarse las manos con agua y jabón después de ir al baño. También tenían que lavar los alimentos que pensaban darle a sus hijos con agua potable.

Luego jugábamos con los niños. Recuerdo que un día una niña me pidió que le hiciera una trenza y como yo sabía hacer espinas de pescado, muy pronto se hizo una fila de niñas que querían que les hiciera el mismo peinado. Entonces una compañera del colegio me dañó el rato. -Uy– me susurró–, ¿esa es tu peinilla?  Se te van a prender los piojos. — Pero no se me prendieron.

Vine a conocer los piojos muchos años después, muy lejos de los Chircales, en el primer mundo. Me los suele prender una niña de rubia y pulcra cabellera a la que no puedo evitar abrazar todos los días. Esa ironía del destino es un tema que hace que me rasque la cabeza.

*Originalmente publicado en Alomujeres en 2011. Es el tercero de una serie de post de esa época que vengo rescatando. Hay que saber que vivía en Francia en ese entonces, y si la regla de avisar al colegio de las infecciones de piojos les parece problemática por el bullying que puede llegar a promover, en el Liceo francés de Bogotá (donde estudié yo y estudian actualmente mis hijos) el reglamento dice que a los niños con infecciones de piojos se les puede mandar de regreso a casa.

Por la histeria con que los padres de alumnos reaccionaron ante una reciente epidemia de varicela y el bullying que en efecto le hicieron al primer niño en contagiarse, no quiero imaginarme lo que puede pasar con una infección de piojos, que cargan el estigma de clase del que aquí hablo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s