El desfogue de la mañana

Por Natalia Carrizosa

Son las 8 de la mañana y estoy desayunando una empanada recién amasada en un puesto de la calle en Pescador, Cauca. Llegué en un colectivo que tomé en Santander de Quilichao y voy a Caldono a hacer un informe sobre un proyecto productivo de un cabildo indígena. El mototaxista que propone llevarme, y que me parece churrísimo (como casi todos los jóvenes afro de esta región), se ha sentado al lado y hablamos de cómo a ambos nos encantan los amasijos fritos « Uy sí… que tal las empanadas, los aborrajados, las puerquitas, hmmmm… »

Me hace bien ir a campo. Me gusta el amable coqueteo y me siento muy pillina de anticipar como voy a ir apretando con brazos y piernas al mototaxista mientras dejamos la planicie entre olores de café, cacao, piña y mango. Me hace bien olvidar que soy una mamá bogotana. Que a esta hora he dicho muchas veces “ahora ponte los zapatos”, “bajate de ahí que vamos tarde”, “por favor péinate” y he dejado a los niños en el colegio. A esta hora en general corro con mi perro en el parque del Virrey mientras oigo podcasts en inglés, y veo desfilar a otras mamás que jalan unas cuerdas elásticas que sus entrenadores personales amarran a los juegos de niños. Ese es el desfogue nuestro de cada mañana.

Esta es una mañana completamente diferente y creo que estoy en un mundo completamente diferente al que describo en mi blog. Suelo burlarme o alabar modas de crianza traídas de Los Angeles y Copenhague y critico desde un feminismo que a veces me parece urbano y elitista temas como el balance entre trabajo y familia, los roles de género en la pareja o la exigencias sociales desequilibradas y contradictorias que tienen las mujeres para ser consideradas “buenas madres”.

Pero entonces llega un campesino de unos 40 años a la tienda y la mujer que amaza las empanadas le pregunta: «Y entonces? ¿Si alcanzaron a terminar la tarea?¿Y qué dijeron de la reunión?  Su marido le responde que es a las dos y que él no va a poder ir. Y empieza algo muy conocido para mí. La pelea-negociación por cuál de los dos va a tener que salir temprano del trabajo para ir a la reunión del colegio. El marido dice que no puede porque va a estar despulpando café y no sabe cuando termine. Ella no le cree que se demore tanto. Ella dice que no piensa ir y su marido no tiene problemas con que ninguno vaya. Ella explica que es una perdedera de tiempo pues lo hacen a uno ir a las dos y no comienza sino hasta las cuatro y que para colmo no le hablan de los niños sino de temas administrativos del colegio que a nadie le importan.

Y entonces yo meto la cucharada. “Es cierto”, digo. Pues, francamente, qué mamá no odia estas reuniones. Y pido otra aguaepanela y otra empanada y seguimos hablando un buen rato. Hablamos de cómo en esas reuniones lo regañan a uno por toda clase de cosas que los profesores asumen que los padres están haciendo mal, de cómo las otras mamás arman chismes y se critican entre ellas…
Su marido se termina yendo, el mototaxista se aburre y consigue otro cliente para un “domicilio”.

“Y lo peor es que voy a terminar yendo.” me dice ella al final, “Pues, si no, después dicen que uno es una mala madre”.

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