Regreso al trabajo

 

Por Carolina

1. Me sentí liberada y contenta (y hasta importante) de salir con afán de mi casa en la mañana en dirección al trabajo junto con las miles de hormigas que toman el tren cada mañana y se bajan en London bridge.

2. Me salió la inseguridad cuando me di cuenta de que por andar sintiéndome tan ocupada e importante mi paso firme hacia la oficina me había llevado a rumbos desconocidos en lugar de a mi trabajo y mi celular estaba quedándose sin batería. Tuve la justa para saber qué tan lejos estaba de mi destino y me sentí harto ridícula.

3. Pasé mi primer día entre llamadas telefónicas, presupuestos en Excel y reuniones y no tuve tiempo de almorzar.

4. Me callé, cobarde, cuando una colega se quejaba de un cliente que le mandaba emails con preguntas absurdas. Comentaba el caso con otras colegas, todas mujeres, diciendo de la cliente con tono despectivo “se  nota que está embarazada”.

5. Tuve días de tanto estrés que me costó trabajo dormir.

6. Mi paciencia hacia M menguó y me sentí mala persona cuando la regañé por querer pasarse a mi cama y no dejarme dormir, algo que hace con frecuencia y que normalmente no sólo tolero sino que acolito.

7. Me propuse meditar todos los días para aliviar el estrés pero me costó mucho trabajo querer dejar de sentir la adrenalina que me produce el trabajo y el estrés. Ganó la adrenalina.

8. Cometí errores de primipara. Me costó un rato desoxidarme.

9. Lavé ropa dos veces en tres semanas. Llegué al extremo de sacar ropa de la canasta de la ropa sucia.

10. La hora de acostarse de M se fue al carajo por una mezcla de la intensidad laboral de los padres, la intensidad de juegos de la abuela y la duración del día.

11. Me pareció rarisimo entrar a Facebook y ver tantos artículos de maternidad/educación/crianza en mi feed cuando yo sólo tenía cabeza para láseres.

12. Lo anterior me hizo sentir un tanto esquizofrenica.

13. Me subí a un cherry picker a arreglar un problema de último minuto en la instalación. Recibí instrucciones desde el suelo de todos los machos que se negaron a subir. Todo quedó en cámara.

14. M me mandó a la oficina con cosas prestadas para que trabajara: un playdough, unas tijeras, un cuaderno de recortar, un rodillo. Me tocó convencerla de que sus rompecabezas de dinosaurios no me cabían en la cartera.

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Sólo cumplo con advertir

Por Natalia Carrizosa

Le sucedió a mi ahijado. Así que cuidado con los plumones de pentumen y los relojes de estimulación temprana Little Sockers. Están de moda y se comercializan por redes sociales como ideales para niños, pero pueden ser mortales.

«Siempre fui cuidadosa con Adriana, y en mi casa era maniaca con las normas de seguridad, pero no pensé que dejarla ir a a jugar a la casa de su mejor amiga desencadenaría el infierno que estoy viviendo. Ahora sólo quisiera alertar a otros padres para que no tengan que pasar por lo mismo» dice Andrea Suárez, en medio de su desconsuelo.

«Nunca pensé que Santiago podría explotar», explica Viviana Olaya, quien dejó sin supervisión a su hijo 3 minutos mientras iba al baño y fue suficiente para que entrara en combustión espontánea.

Si tienes hijos y llegaste aquí, esta no debe ser la primera vez en que un título amarillista aprovecha el alto nivel de ansiedad en que vivimos, para generar clicks o para venderte algún producto. Tampoco debe ser la primera vez que alguien de tu familia te informa de posibles e insospechadas maneras en que accidentes fatales podrían acabar con tus hijos. -Van a ir a la Guajira? Uyyy noooo…. tengan cuidado con los caimanes, con las corrientes, con la microcefalia… No hay que dejar que salgan con las piernas descubiertas, que los vea el sol, el agua…. ¿Al nacimiento del Magdalena ? ¿Con los niños? ¿Si te conté como se ahogó la hija de la empleada de ….

Y ni hablar de las redes sociales y todas las informaciones contradictorias sobre los horrores psicológicos desencadenados por todas y cada una de las más diversas decisiones de crianza. «5 frases que destrozarán la autoestima de tus hijos », « Los gritos y castigos en la infancia pueden desencadenar depresión y suicidio adolescente », « Por qué los elogios convienten a nuestros hijos en narcisistas egocéntricos », « Ser buen padre acabará con tu salud mental»…

«Yo sólo cumplo con advertir», como suelen decir tantos oráculos de infortunio, que no voy a hacer caso a las personas desinteresadas que piensan que hacen un bien social informándome de horrores improbables. Soy el tipo de madre que toma el riesgo de montar a sus hijos en un automóvil sólo para que conozcan el Jardín Botánico, a pesar de que esa sí es la principal causa de muertes accidentales infantiles en el mundo.

Nuestros parásitos*

Ha sido más  difícil deshacerme de mis prejuicios de clase que de los piojos y liendres de mi hija

 

 

De nuevo mi hija está infectada de piojos (y yo también, obvio). En esta oportunidad  no le hice el mismo tratamiento insecticida pues la última vez su olor casi me hizo desmayar  y  no dio resultados inmediatos. Compré en cambio una peinilla eléctrica y un tratamiento a base de aceite de coco. Todas las noches desde hace varios días la despiojo con la peinilla amorosamente, pero sigo encontrando liendres muertos o ya eclosionados y ella aún se rasca. El problema es que  empezaron las clases y de acuerdo a una circular de admonestación generalizada tengo que mandar una nota avisándole al colegio. Pero no lo hago.

Pienso que las profesoras van a advertirle a los otros niños que no se acerquen a mi hija y estos van a inventarse canciones de burla sobre mi pobre “piojetas”. Es lo que hubiéramos hecho en el patio de recreo de mi colegio privado en Bogotá contra el hijo de la aseadora del colegio. Un hijo de aseadora que, irónicamente, siempre andaba muy sucio.

Después de leer mil páginas y foros de Internet sobre el tema, sé que los piojos son muy contagiosos  independientemente de la higiene personal o la clase social. Mi mamá no se lo cree. –Qué horror… Pero ustedes de chiquitas NUNCA tuvieron piojos – , me dijo por teléfono cuando le conté.

Tal vez nunca tuvimos piojos, pero mi hermana y yo vivíamos en el campo  con varios perros y estábamos SIEMPRE llenas de  pulgas, a las que para colmo, éramos alérgicas. Se nos hacían unas ronchas enormes que se infectaban. En Bogotá, nuestros compañeros del colegio nos preguntaban aterrados qué nos había pasado. Al principio, ingenuas, decíamos la verdad. Pero pronto entendimos que las pulgas, al igual que los piojos eran “de quinta”. Después de la primera vez que mi amiga D, la que terminó casándose con un noble, me dijo: “¿Pulgas? Qué asco. No te me acerques.”, empecé a hablar de zancudos. Por alguna razón qué aún hoy escapa a mi comprensión, los zancudos gozan de mayor aceptación social que las pulgas.

Mis primos mayores sí tuvieron una infección de piojos. La empleada de la finca dijo que tocaba lavarles el pelo con petróleo, que era lo que entonces se usaba. Y funcionó.  La versión que los grandes nos contaron de cómo las plebellas bestias invadieron sus pulcras y rubias cabezas, era la siguiente: Mis primos se habían metido por una ventana rota a la vieja quesera abandonada y se habían puesto a jugar con un sombrero y una ruana vieja que algún ordeñador había dejado abandonados desde los años en que funcionaba allí el ordeño y la fábrica de quesos.

Ahora me doy cuenta de que esta explicación es falsa pues se contradice con el cortísimo ciclo de vida que tienen los piojos por fuera de un huésped humano. Pero la historia tenía otras virtudes que la hicieron perdurar en la mitología familiar:  Por un lado, exoneraba de toda culpa a mi  tía, y por otro,  tenía una bonita moraleja. Debía servir para alejarnos y asquearnos de la chusma o lo que tocaba la chusma.

Esto puede explicar la sensación de asco que en mi adolescencia me producía una propaganda  para vasos desechables que hacía un close-up sobre una boca de dientes amarillos mientras una voz en off decía algo como: “¿Usaría usted acaso el vaso del “maestro Albarracín? Mejor tome en desechable” Y que conminaba a los consumidores a arrugar hasta romper el vaso desechable después de una utilización. La campaña fue un éxito y  por un tiempo en mi círculo de amigos siempre rompíamos los vasos desechables para impedir,  -oh asquerosidad de las asquerosidades- que a algún cochino e ignorante se le ocurriera lavar un vaso desechable y volverlo a utilizar. Ahora que tantos de mis amigos son ecologistas no sé si reparan en la polución tan asquerosa que esa campaña  estaba promocionando.

Igual es difícil para alguien con este tipo de educación clasisto-profiláctica tan sólida enfrentar algo tan animal (tan humano) como una infección de piojos. Cuando en bachillerato íbamos con el colegio a la escuela de una vereda de la Calera o a las ladrilleras de los Chircales a cumplir con nuestras horas de “vigías de la salud” nos sentíamos tan superiores… Éramos unos niños del Norte de Bogotá criados por empleadas del servicio y veníamos a dictarle cátedra a las madres pobres sobre como criar a sus hijos. La higiene era el tema insignia. Para evitar una infección de diarrea, les decíamos, debían lavarse las manos con agua y jabón después de ir al baño. También tenían que lavar los alimentos que pensaban darle a sus hijos con agua potable.

Luego jugábamos con los niños. Recuerdo que un día una niña me pidió que le hiciera una trenza y como yo sabía hacer espinas de pescado, muy pronto se hizo una fila de niñas que querían que les hiciera el mismo peinado. Entonces una compañera del colegio me dañó el rato. -Uy– me susurró–, ¿esa es tu peinilla?  Se te van a prender los piojos. — Pero no se me prendieron.

Vine a conocer los piojos muchos años después, muy lejos de los Chircales, en el primer mundo. Me los suele prender una niña de rubia y pulcra cabellera a la que no puedo evitar abrazar todos los días. Esa ironía del destino es un tema que hace que me rasque la cabeza.

*Originalmente publicado en Alomujeres en 2011. Es el tercero de una serie de post de esa época que vengo rescatando. Hay que saber que vivía en Francia en ese entonces, y si la regla de avisar al colegio de las infecciones de piojos les parece problemática por el bullying que puede llegar a promover, en el Liceo francés de Bogotá (donde estudié yo y estudian actualmente mis hijos) el reglamento dice que a los niños con infecciones de piojos se les puede mandar de regreso a casa.

Por la histeria con que los padres de alumnos reaccionaron ante una reciente epidemia de varicela y el bullying que en efecto le hicieron al primer niño en contagiarse, no quiero imaginarme lo que puede pasar con una infección de piojos, que cargan el estigma de clase del que aquí hablo.

Educando a los amos de casa del futuro

Hemos hecho un esfuerzo por educar a nuestras hijas de otro modo.

Para que además de ser mamás, si acaso es lo que desean, quieran tener una carrera.

Les leemos cuentos en donde la heroina no tiene que esperar el beso de un príncipe que la salve. Donde el final feliz no es « se casaron y tuvieron muchos hijos ». Las empoderamos para que se atrevan a dar sus opiniones, para que no se dejen decir mandonas sino líderes, para vestirse como desean y escoger la vida que más les guste sin miedo a que las llamen putas, brujas o locas. Les mostramos modelos de mujeres fuertes, independientes y exitosas en su campo de trabajo esperando con ello que no se sientan limitadas en sus posibilidades.

Y qué estamos haciendo por nuestros hijos hombres ?

En muchos casos seguimos educando a nuestros niños de la misma manera como educaron a nuestros padres. No hemos hecho un particular esfuerzo por liberarlos del machismo del que también son víctimas. Seguimos desconectándolos de sus emociones exigiéndoles que no lloren y que no se quejen. Y de mil maneras seguimos dándoles a entender que lo más importante es velar por el sostenimiento económico de la familia.

Peor aún, al insistir en cierta forma de empoderamiento femenino que pasa por la independencia económica, les damos a entender que el cuidado de la familia y el hogar no es algo importante.

Nuestros hijos tienen que entender que el modelo de masculinidad del pasado hizo crisis. Tienen que estar preparados para asumir la misma carga de responsabilidad en el cuidado de los hijos y del hogar que sus parejas, o incluso, una mayor, si es que sus esposas tienen un puesto de mucha responsabilidad y horarios extendidos. La equidad de género puede implicar que los hombres con hijos no podrán aceptar todas las promociones y traslados laborales que les propongan. La equidad implicará que algunos hombres serán amos de casa, y que hay mucho valor en ello.

¿Es algo para lo que estamos preparando a nuestros hijos?

Ciencia para niños: Descubrimientos en bibliotecas e Internet

Por Natalia Carrizosa

Ando trabajando en un proyecto de divulgación científica para niños, y he encontrado muchas cosas interesantes. Pero sobre todo, que las fotocopias y libros de texto con los que mis hijos trabajan en el colegio son muy aburridos si se comparan con otros recursos.

 

Hay por ejemplo una cantidad de libros de ciencia para niños que se leen como novelas, que usan historias y recursos narrativos interesantes o juegos y acertijos para explicar diferentes temas científicos. En medio de la revisión de literatura empecé a leer Una breve historia de casi todo de Bill Bryson y no he podido soltarlo. Es un libro generalista que su autor, un reconocido periodista de viajes, escribió justamente porque los libros de ciencia del colegio lo dejaron insatisfecho. Está lleno del mejor humor inglés y las historias más divertidas. Existe una versión para niños ilustrada muy recomendada.

Con mi hija hemos estado leyendo el famoso El Diablo de los números y varias historias del premiado blog Pequeño Libro de Notas, repositorio de Mati y sus mateaventuras. fue muy sorprendente porque a pesar de que en el colegio las matemáticas no son su materia favorita, ella es feliz con estas historias que son como puertas secretas a mundos mágicos.

 

Otro grato descubriemiento fue el trabajo de Angela Posada Swafford, una periodista colombiana que se ha dedicado a cubrir temas científicos para revistas como Muy Interesante. La entrevisté para que me hablara de sus excursiones a la Antártida y me transmitió ese espíritu de aventura que ha acompañado a tantos científicos en la historia y que siento que se ha ido perdiendo en la enseñanza escolar y la investigación académica. Poco después, Carolina Vegas, exdirectora de Semana Junior, me recomendó mucho su serie de novelas juveniles Aventureros de la Ciencia. Aún no la he leído, pero ya les contaré cómo me parece más adelante.

Otro buen recurso son los libros documentales ilustrados de editoriales francesas como Nathan, Fleurus, Gallimard, Milan y Larousse que alquilamos una vez a la semana en la biblioteca de la Alianza Francesa. Aun no he encontrado editoriales equivalentes en español. Por alguna razón, y el diseño gráfico debe tener buena parte de la culpa, las ediciones que ojeo en librerías o que alquilo sin poder ver en el poco amigable catálogo de la biblioteca Luis Angel Arango, tienden a parecerme pasadas de moda, como álbum de chocolatinas Jet. Por eso agradecería que me dirigieran a las mejores colecciones de ciencia ilustrada en español.

Pero el recurso que me tiene más impresionada son las actividades que cuelgan en Pinterest las mamás gringas que hacen homeschooling (colegio desde la casa) y los maestros que bloguean. Yo no me he hecho una opinión sobre el creciente movimiento de padres que educan a sus hijos en casa ni sobre el llamado « estrés de Pinterest », que al parecer tiene muy ansiosas a las mamás gringas. Afortunadamente la presión del movimiento DIY (hágalo usted mismo, por sus siglas en inglés) y por ser una « crafty mummy » (mamá buena para las manualidades) aún no es tan fuerte en los países donde he vivido.

Lo cierto es que sin que esto me haya causado mayor estrés, he encontrado unas ideas geniales en Pinterest. Ahora estoy trabajando en unas guías de temas de astronomía para niños y Pinterest es una mina de actividades para hacer con ellos. Hay modelos a escala del movimiento de los astros, experimentos para entender el funcionamiento de los cohetes espaciales, juegos de mesa con temas de planetas que se imprimen gratuitamente, recetas de galletas con las fases de la luna…

Pero lo que más me impresionó fue un post sacado del blog The creative salad. Es el blog de una mamá gringa de la onda ecológica, DIY, homeschooling y anti-gluten (el combo completo, como quien dice) que bloguea sobre las actividades que realiza con su hija a la que educa ella misma en Sonoma, California. En un post relata cómo comenzaron por imprimir mapas del cielos nocturno, observaron el cielo, leyeron libros y fueron al planetario, usaron aplicaciones para ubicar las constelaciones, las cocieron con un kit de bordado espacial, cocinaron torta e hicieron rompecabezas con temas del sistema solar y leyeron libros de mitología clásica griega y aborigen norteamericana relacionados con los astros.

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Aclarando que me parece imposible llegar a ser una mamá tan dedicada como esta, creo que es una manera mucho más creativa de entender el aprendizaje científico, y que me encanta que lo comparta con maestros o personas como yo, que de una u otra manera estamos interesados y colaborando para buscar una pedagogía y crianza más divertida.

Cada tribu tiene sus partos

Por Natalia Carrizosa

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Este es otro post inicialmente publicado en Alomujeres en Mayo de 2011. Muchas cosas han pasado desde entonces. Ahora en Colombia también es posible escoger un parto natural y empiezan a cuestionarse prácticas obstétricas que pueden ser  indignas para las mujeres. También tuve a mi segundo hijo, en Francia esta vez. Y en parte por el error de una partera que no quizo llamar al obstetra a tiempo, el bebé tuvo sufrimiento fetal. Este sufrimiento parece explicar una alteración neurológica y los problemas de integración sensorial que estamos tratando con terapias. Pero esa es otra historia.

Dos jóvenes embarazadas se encuentran en un bus que une Croix Rousse, un barrio bohemio y de clase alta de la ciudad francesa de Lyon con uno de sus suburbios. No se conocen pero al mirarse se dan cuenta de que son iguales. Ninguna de las dos está maquillada, las dos cargan una novela.  Una de ellas lleva un vestido tibetano  y la otra una mochila de una sierra nevada colombiana. Entienden al mismo tiempo que la otra también se dirige a la maternidad de Givors, que sigue algunas de las ideas del doctor Michel Odent, Uno de los pioneros mundiales del parto natural.

Es que en Francia ha vuelto esta tendencia de los sesenta. Partos con acompañamiento del cónyuge o una partera, Luz tenue, bolas suizas, posiciones intuitivas, ninguna dirección para pujar, tina, sofrología, yoga, nada de epidural ni oxitocina obligada, contacto inmediato piel a piel madre-hijo. Partos en donde se limitan las cesáreas, la episiotomía y el monitoreo y si no hay complicaciones, se evitan métodos como la aspiración de las vías respiratorias del bebé, que en otros hospitales son regla.

Yo tuve lo que ahora he aprendido que se conoce como un parto ortodoxo, medicalizado, asistido, e invasivo. Mi hija no se volteó, así que el doctor Cáceres, un reconocido obstetra de la Fundación Médica de los Andes en Bogotá, programó una cesárea. También hubiera sido invasivo y medicalizado aunque hubiera tenido a mi hija por “vía natural”, pues la episiotomía se practicaba en la clínica sistemáticamente, así como la epidural.

Había leído muchos libros sobre maternidad escritos en el primer mundo y me sentía frustrada de saber que existían tantas posibilidades que en Colombia no me proponían. Me molestaba que no me hablaran de los riesgos de la Epidural para el bebé o de la existencia de un debate sobre la utilidad de la episiotomía. Pero yo confiaba en mi médico y nunca hubiera sido capaz de visitar al Taita que me recomendaba una amiga Nueva Era. Finalmente, la cesárea que me programó el doctor Cáceres después de su juego de golf, me pareció mucho más sensata que una toma de  yagé con toque de flauta amazónica para voltear al feto.

Todas las mamás hemos sentido cierta presión por ser lo más responsables posibles frente a la vida de nuestro bebé. Todos a nuestro alrededor nos hacen sentir que cualquier deseo egoísta debe dejarse atrás. Y dudamos de nuestro instinto cuando las personas de nuestro entorno con más experiencia lo cuestionan. Escoger el parto natural podría verse como una rebelión valerosa. Una rebelión feminista de reapropiación del cuerpo o una rebelión ecolo-anti-capitalista contra de la industrialización de la gestación.

Pero lo molesto es que en muchos casos el parto natural es un rito de entrada a la tribu urbana en la que las tímidas rebeldes desean fundirse y perder toda individualidad.  Sus partos, no son gritos de rebeldía sino el último grito de la moda. Son, como los logos de los productos biológicos que prefieren, que dicen de ellas: “tengo conciencia ambiental, “soy cosmopolita”,  “he incorporado saberes ancestrales de culturas primitivas”.

Sus partos son una proeza de la que podrán extraer enseñanzas profundas incomunicables, y presumir de ella en Facebook.

-¿Y tu? ¿sin epidural? -dice la que estuvo en el Tibet.
-Sin epidural -confirma la de Latinoamérica.
-Y vas a tener una doula?
-No, mi marido va a asistirme.
– Sii… yo también. Es mejor para el bebé…  -murmura la del Tibet,  decepcionada de no tener nada contra qué arremeter. – ¿Pañales lavables? -agrega finalmente.
– No, eso sí no creo. -dice la latinoamericana, visiblemente avergonzada de su pereza.
– Yo sí, -dice la otra triunfal. -Siempre he dicho que cuando uno cree en algo hay que ir hasta las últimas concecuencias.

Al oírlas pienso que el discurso del bienestar del bebé sigue siendo la excusa para presumir, para sentirse superiores y más responsables que las que no siguen las reglas de su clan. A pesar del malestar que sentí con respecto a algunos aspectos de mi parto, me indigno cuando escucho las historias de mujeres que intentaron un parto natural y que cuando después de diez horas de contracciones se desmoronaron y pidieron a gritos drogas, tuvieron que enfrentar la presión de las enfermeras que trataban de disuadirlas:

-¿Está segura? Sería una lástima después de haber llegado hasta aquí…

Me da rabia oír ese sentimiento de fracaso de las mujeres que “se dieron por vencidas” o de orgullo de las que “lo lograron hasta el final”.  Entonces me ufano yo también con la primera bobada que se me ocurre:

-Te dolió? Yo en cambio no sentí nada. Duró sólo una hora. Y la epidural, no sabes… Lo máximo. La mejor droga recreativa. Y como es legal, toca aprovechar. Y mira, la cicatriz no se ve. Un genio, mi médico.

 

 

Cómo la maternidad me convirtió en una ejecutiva mediocre

Por Natalia Carrizosa

Inicialmente publicado en Alomujeres el Jueves 25 de agosto de 2011*

A las periodistas nos gusta escribir artículos o presentar notas sobre como la maternidad ayuda a formar ejecutivas responsables y comprometidas, que saben priorizar, organizar su tiempo, trabajar en varias tareas al mismo tiempo y controlar el estrés. Somos buenas para encontrar estudios de universidades suecas que prueban que los jefes y los departamentos de recursos humanos de las compañías más vanguardistas ven con buenos ojos a las madres.

Y funciona, pues las periodistas mujeres y con hijos somos las que escribimos sobre estilos de vida, salud, hogar, belleza, maternidad y sexo, en medios o secciones pensadas para mujeres, mientras que los periodistas hombres y unas pocas solteras escriben de política, conflicto armado y asuntos judiciales, en los medios o secciones “serios”.

Como en muchas profesiones, el mundo del periodismo colombiano es machista. En los consejos de redacción un periodista con mucho olfato dice por ejemplo que la presunta víctima de una violación no puede serlo, pues llevaba unos jeans apretados y el violador no pudo habérselos quitado sin que ella ayudara. Y todos corean divertidos que obvio, que violación con jeans no vale.

Las periodistas más “berracas”, las que tumban a generales, suelen tratar a sus fuentes de “papito”o “corazón” y aceptan invitaciones de gordos corruptos a tomar unos “drinks” después del trabajo para tener primicias. A veces, cuando se esfuerzan mucho por hacer bien su trabajo reciben sufragios con amenazas de muerte de paras que son como trofeos a su dedicación.Otras se someten a operaciones quirúrgicas para seguir vigentes, aceptan desnudarse, o hacerse pasar por prepagos o mucamas para escribir crónicas de inmersión. En general no son condiciones de trabajo que se mezclen bien con la maternidad. Con frecuencia las pocas periodistas veteranas que se disputan los puestos directivos con una mayoría aplastante de hombres no están casadas ni tienen hijos y trabajan más duro que cualquiera de sus contrapartes masculinas. Pero con esas jefes, catalogadas, a veces con justicia, de “intensas” e “histéricas” nadie quiere trabajar. No hay muchos modelos femeninos inspiradores en el mundo del periodismo colombiano.

Pero sobre todo, el periodismo es una de esas profesiones con horarios mal adaptados a la vida de familia. Los cierres son hasta la madrugada y ni las tragedias ni los jefes respetan los días festivos, entregas de notas, o la llegada del bus del colegio. Una mujer que quiera triunfar en este mundo tiene que aceptar que su prioridad es la carrera, aún a riesgo de propia vida, y que si decide tener hijos debe poder contar con otras personas para su crianza.

Por la misma época en que decidí casarme renuncié a mi trabajo de periodista y empecé a hacer un par de consultorías y a escribir por encargo. Mi “carrera” dejó de seguir una progresión lógica y comencé a aceptar toda clase de proyectos cortos mal pagados y sin conexión alguna. Cuando estaba por dar a luz tenía a mi cargo la edición de la revista de una compañía, pero el bebé se adelantó y no pude cerrar la edición con los cambios que la dirección deseaba.

Trabajaba con un contrato de prestación de servicios así que no tenía derecho a una licencia de maternidad paga. A los cuatro días de haberme sometido a una cesárea y con mi recién nacida aún en la clínica por una complicación menor, tuve que subir cinco pisos por escalera (Se trataba de una pequeña compañía situada en un edificio sin ascensor). Al llegar estaba con mareo y ganas de llorar y quería dejarle claro a mi jefa que era un poco abusivo que me citara de urgencia en ese momento, pues acababa de tener un bebé. Ella me dijo que entendía perfectamente, y que por eso había contratado a otro editor para la siguiente edición. También dijo que había sido un placer trabajar conmigo, y esperaba que siguiera escribiendo para la revista, aunque claro, por eso no podía pagarme.

En mi caso no fue ningún drama. El sustento de mi familia no dependía de conseguir un trabajo inmediatamente y gracias a que estaba desempleada pude disfrutar mucho de mi hija. Pude amamantarla durante todo un año y más tarde, al emigrar a Francia, pude darle compotas caseras hechas con verduras cultivadas en mi jardín. Aprendí muchas cosas, aunque no directamente aplicables al entorno laboral. Desde entonces ningún compromiso de trabajo es incondicional para mí y a menudo tengo que enfrentarme a los colegas y jefes que me reclaman asolapados: “¿Ya te vas?”.

Mi carrera se descarriló y sigo sin encontrar algo estable. Cuando comparo mi currículum con el de mis colegas de los inicios el mío parece ir en sentido opuesto. Ahora escribo en blogs gratis si tengo tiempo y voy a volver a estudiar para encaminarme a otro sector, mientras que ellos dirigen equipos de varias personas.

Quisiera poder hacer algo diferente de quejarme para que el mundo laboral fuera menos machista. Para que a ningún jefe se le ocurriera que es estimulante decir cosas como: “a mi no me interesa la gente que está mirando el reloj para irse a la casa” y para que al decidirse a contratar a una mujer casada con hijos o aún fértil los departamentos de recursos humanos fueran tan progresistas como dicen los estudios suecos.

Me gustaría contribuir a que la maternidad fuera considerada algo serio en los medios, en lugar de un relleno lleno de mentiras que sólo sirve para vender cremas anti-celulitis y cirujías estéticas. Pero la verdad es que sólo tengo una hora para escribir este post. Mi jefe está en una reunión y ya terminé el informe que me pidió, pero a las cinco tengo que salir a recoger a mi hija. Ay Dios, faltan cinco minutos.

*Este es uno de mis antigüos posts  de un blog de maternidad de Alómujeres llamado “De todos los vicios”. Lo tuve por el breve momento en que la versión web de esta revista no estuvo dedicada a escribir los artículos mas misóginos de la prensa colombiana. Me han anunciado que van a borrar todos mis posts, así que he decidido pasar mis preferidos aquí.